El prana y el Clima

El aire, desde el punto de vista químico, es una simple mezcla gaseosa compuesta en volumen por 21% de oxígeno, 78% de nitrógeno y 1% de argón y otros gases raros. Mientras que, en la superficie del globo, su composición es físicamente de una constancia notable, eléctricamente, por el contrario, es de una variabilidad sorprendente. De un instante a otro sus propiedades cambian considerablemente, incluso se invierten a veces.

Ahora estudiaremos sus variaciones geográficas. Son de capital importancia, porque pueden influir en algunas de nuestras decisiones, desde la elección del lugar en que pasaremos las próximas vacaciones hasta la de aquel donde construiremos nuestra casa.
La atmósfera, un océano impregnado de prana, no está uniformemente embebida. Este océano tiene zonas en calma y regiones turbulentas, corrientes y lagos, tempestades visibles, como las tormentas magnéticas que le interesan al hombre en la medida en que perturban sus transmisiones de radio más bien que en sus repercusiones en su estado de salud. En cuanto estudiamos estos sutiles fenómenos, pránicos, las consideraciones sobre presión barométrica, precipitaciones (lluvia, nieve), fuerza y dirección del viento, grado higométrico del aire, todo esto pasa al segundo plano desde el punto de vista de la vitalidad.

Hay diferencias importantes entres las diversas regiones geográficas y el hombre no ha esperado el siglo XX para darse cuenta de la importancia del clima de algunos lugares (borde del mar, alta montaña) sobre el ser humano, más precisamente sobre su vitalidad y salud. Durante mucho tiempo, el hombre ha buscado la explicación de esto en las propiedades puramente químicas de la atmósfera. El efecto revitalizante de una estancia en la costa atlántica, por ejemplo, se atribuía al yodo, al bromo de las emanaciones arenosas. Es indudable que estos elementos tienen su influjo, y debemos añadir también la presencia de oligoelementos cuya importancia, desde el punto de vista
higiénico y terapéutico, recién comienza a dibujarse y abre muy amplias perspectivas.

De hecho, a medida que avanza nuestra investigación científica moderna, las propiedades físicas del aire adquieren una importancia creciente. Las modificaciones fisiológicas debidas al clima se manifiestan a menudo desde las primeras horas, incluso desde los primeros minutos de la permanencia en algún lugar. Le basta al que vive en la ciudad ir a la costa para, según los casos, estar muerto de sueño o, al contrario, tan sobreexcitado que no puede dormir. Las propiedades físicas del aire no son extrañas a este fenómeno.

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el síndrome Kundalini

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Un tipo especial de urgencia espiritual que, durante miles de años, sólo ha sido conocido por los practicantes de una forma misteriosa y secreta de yoga pero que, en la última década, ha comenzado a ser también conocida por los psicólogos y psiquiatras occidentales, es el síndrome kundalini, un conjunto de perturbaciones psíquicas y somáticas que fácilmente pueden ser confundidas con la enfermedad física o mental. Las enseñanzas arcanas del kundalini yoga se hallan tan alejadas de los modelos de realidad occidentales que el mejor modo de explicarlas es recurriendo a los conceptos hindúes originales.

Prana, la fuerza vital fundamental, impregna la totalidad de la creación. Ciertos yoguis consideran que se trata de una forma sutil de energía relacionada con la respiración, aunque otros afirman que esta fuerza carece de toda connotación física. Según se dice, esta energía vitaliza el cuerpo a través de los canales sutiles, llamados nadis, que los chinos representan como los meridianos de acupuntura. Los nadis surgen de tres canales principales que discurren paralelos a la espina dorsal y conectan los aspectos físicos de los siete chakras (ver vídeos adjuntos).

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El prana del aire

La fuente más importante del prana es la atmósfera. Muchos milenios antes que la ciencia descubriera la electricidad, los yoguis percibieron que la atmósfera vibra con una energía sutil y que ésta constituye la fuente principal de todas las energías en acción en el cuerpo humano. Al respecto, una de las más significativas afirmaciones es la de la doctora Teresa Brosse, que hemos transcrito en el capítulo anterior, cuando se refiere al yogui para quien “La energía que le permite controlar su corazón e incluso detenerlo es de la misma naturaleza que el relámpago”. Es una afirmación sorprendente, si consideramos que el rayo ha sido siempre, y continúa siéndolo para los pueblos primitivos, un fenómeno terrorífico, incluso sobrenatural, y que estos pueblos están muy lejos de establecer una identidad de naturaleza, ni tan siquiera alguna relación, entre el relámpago y las energías vitales que permiten el funcionamiento de su propio organismo.

Comparando las teorías yoguicas con las observaciones y descubrimientos de la ciencia occidental, podemos afirmar que el prana de la atmósfera está constituido, si no en su totalidad, al menos en forma principal, por partículas electrizadas, digamos los iones negativos, y por otra parte que existe en nuestro cuerpo un verdadero metabolismo de la electricidad que captamos de la atmósfera. En este dominio son de valor las fuentes occidentales, aunque relativamente poco numerosas, pues nuestros sabios se interesan más en lo que sucede en el cinturón de Van Allen que en los fenómenos de ionización en la atmósfera a ras del suelo, el medio vital en el cual vivimos…

Para encontrar indicaciones respecto a la electricidad atmosférica y sus repercusiones biológicas, nuestra elección se ha limitado primeramente a dos investigaciones que trabajan en países diferentes: Fred Vlés, profesor de la Facultad de Medicina de Estrasburgo, director de Instituto de Física Biológica, y el ruso Tchijewski, de Kiev. Nos referimos sobre todo a la obra de Fred Vlés, especialmente a su apasionante libro que debería haber revolucionado la biología, pero que no ha tenido el eco merecido: “Les conditions biologiques crees para les propriétés électriques de L ́atmosphéré” .

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¿Qué es el prana?

Swami Sivananda dice: “Prana es la suma total de todas las energías contenidas en el Universo”.
¡Es amplio! Para los yoguis, el Universo está compuesto de Akasa, el éter cósmico, y del Prana, la energía. Cuando Prana actúa sobre Akasa, nacen todas las formas de la materia. Esta concepción corresponde en suma a la de nuestra física nuclear, que considera toda materia como energía “ordenada” o dispuesta de diversos modos. La ciencia no admite (o ya no admite más) la noción de éter- ¡provisoriamente al menos!

Cuando escribimos Prana con mayúsculas, designamos a esta Energía Cósmica tomada en conjunto, y prana con minúscula indicará su manifestación. Por lo tanto, Prana es la energía universal indiferenciada, y prana la energía diferenciada, manifestada en cualquier forma. El magnetismo es una manifestación del prana, así como la electricidad y la gravitación. Todo lo que se mueve en nuestro Universo es manifestación del Prana: gracias al prana el viento sopla, tiembla la tierra, se abate el hacha, despega el avión, estalla la estrella y piensa el filósofo. El prana es universal. Existimos en un océano de prana del que cada ser viviente es un torbellino. Los yoguis afirman que lo que caracteriza a la vida, es su capacidad de atraer prana a sí, de acumularlo y de transformarlo para actuar en el medio interior y en el mundo exterior.

El lector podría preguntarse por qué utilizo el término “Prana” más bien que el de “energía”. Para nosotros, occidentales, el término “energía” es un concepto menos amplio y demasiado material. Para el yogui, el mismo pensamiento es una forma más sutil de prana, en tanto que para el occidental la energía es algo completamente diferente. Nuestra energía es, digámoslo, demasiado industrial. Según los yoguis, el prana está presente en el aire, y sin embargo no es ni él oxigeno, ni el nitrógeno, ni ninguno de lo componentes químicos de la atmósfera. El prana existe en los alimentos, en el agua, en la luz solar, y sin embargo no es ni las vitaminas, ni el calor, ni los rayos ultravioletas. El aire, el agua, los alimentos, la luz solar sirven de vehículo al prana, del cual depende toda la vida animal e incluso vegetal. El prana penetra todo el cuerpo, incluso ahí donde el aire no logra entrar. El prana es nuestro verdadero alimento, porque sin prana no es posible ninguna vida. El mismo dinamismo vital sólo sería una forma particular y sutil del prana que llenaría todo el Universo. La vida latente empaparía así todo el cosmos, y, para manifestarse en el plano material, el espíritu se serviría del prana para animar al cuerpo y sus diversos órganos. ¡Hasta aquí no vamos muy en contra de las teorías occidentales modernas! Sin embargo, los yoguis van más allá de la afirmación de la existencia de esta energía- que ningún físico nuclear negaría.

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Relajación Consciente

Es interesante enseñar a los lectores algunas prácticas que es necesario llevar a cabo durante cierto tiempo para energetizar nuestro cuerpo y encontrar el correcto equilibrio entre el mundo físico, el universo emotivo y nuestra conexión con la Seidad (que muchos gustan de llamar Ser Espiritual). Ya hablamos en otro artículo de la Meditación Solar, que es un modo sencillo de recargar nuestras pilas y de conseguir otros beneficios psicosomáticos. Ahora le toca a la Relajación y para introducirnos en la misma y practicarla después he elegido como instructor a Antonio Blay y como guía escrita los Principios Básicos y Prácticas de la Relajación propuestas en su obra: Relajación y Energía. Espero os sirva tanto como me ha servido a mí mismo.

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Pasando el Ecuador de la práctica de Sungazing

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Desde mediados de Enero de este año llevo practicado Sungazing o, como yo prefiero llamarlo y para no utilizar un término anglófono: Meditación Solar.

La Meditación Solar es un ejercicio sencillo que se fundamenta en prácticas ancestrales que, hasta no hace mucho, estas siendo experimentados por diversos investigadores bajo el término de Fosfenismo. En tanto que la mayoría de estos investigadores suelen llevar a cabo sus experimentos con potentes lámparas de luz artificial, la Meditación Solar – en cambio – se practica mirando directamente al Sol.

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Estevia y Kalanchoe, dos regalos de la naturaleza

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Hace un par de días hicimos nuevas adquisiciones vegetales para nuestro jardín que, pese a ser reducido, tiene más de 80 especies de plantas, muchas de ellas medicinales y comestibles.

Hablaré de dos de ellas que buscábamos desde hace algún tiempo: la Estevia y el kalanchoe Daigremontiana. Dos criaturas vegetales excepcionales por sus capacidades curativas y en el caso de la Estevia también nutritivas.

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La Energía está por doquier

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El hombre es además de un cuerpo biológico un ente energético. De hecho, nuestro cuerpo no es más que una pequeña parte visible del conjunto biológico-energético que conforma el ser humano. Este conjunto se nutre, en esencia, de energía que extrae de todo aquello con lo que nos nutrimos. A menudo se explica el proceso de nutrición del cuerpo diciendo que el cuerpo recibe los elementos químicos que precisa a través de la comida que ingerimos, el agua que bebemos y del aire que inhalamos. Esto es así pero, a menudo se olvidan de citar otros nutrientes de vital importancia con los cuales se también se alimenta  nuestro cuerpo. Nos queda citar el más importante con diferencia y sin el cual dificilmente podría sobrevivir ningún ente vivo sobre y bajo la Tierra; nos referimos a las radiaciones que recibimos del Universo y, en forma muy especial de nuestro Sol.

Si prestamos atención a los elementos nutricionales que recibe nuestro organismo observamos que en ellos están representados los cuatro elementos de la Naturaleza citados hace ya muchos siglos atrás por la filosofía hermética: el agua, la tierra, el aire y el fuego. La comida que ingerimos posee la simbiosis de estos cuatro elementos, ya que en ella hay componentes químicos que constituyen la tierra, existe el agua en todos ellos, hay aire pues hay cierta cantidad de oxígeno, hidrógeno y hidróxidos de carbono y, en menor proporción, se incluye una determinada carga vital que se identificaría con el fuego y que es liberada en el proceso de digestión de los alimentos. La reunión de todas ellas forma lo que se ha venido en llamar Quinta Esencia.

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Mirando al Sol

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Hace unos meses decidí hacer cambios en las rutinas de mi vida con la finalidad retirar unas plomizas nubes que cubrían el horizonte de mi visión mental. En realidad esas nubes llevaban tanto tiempo ahí que casí se convirtieron en parte del paisaje, y digo casi, porque nunca me acabó de gustar su visión sino todo lo contrario; simplemente ocurrió que me había acostumbrado a ellas. He disfrutado casi toda mi vida de visión interna y no obstante, nunca le presté demasiada consideración. La llamé imaginación porque cuando las explicaba a alguien lo normal era que me dijeran: “que gran imaginación tienes”. Era igual que entrase en estados de trance mientras visualizaba la formación de mundos o veía pasar ante mí ciclos de tiempo de miles de años en los que se interrelacionaban millones de combinaciones de acontecimientos. Pese a que aquello me sobrepasaba acababa etiquetando todas aquellas visiones como fruto de la imaginación. Así que también me acostumbré a ello como lo había hecho en estos últimos años a las oscuras nubes que me impedían ver más allá. Aquellas nubes eran sin duda el producto de mi falta de fe en mi mismo. De la fehaciente respuesta de “esto es así porque así lo he visualizado y comprendido” pasé al “yo creo que”, al “pienso que quizás esto es así o asá”. Sin ser consciente del proceso, había pasado de la férrea posición de la convicción a la insegura y débil duda.

Así, hace unos meses, exactamente en febrero, tuve el impulso de hacer algo que me limpiase la mente y recobrase la seguridad e iluminación de la que gozara en otros tiempos. En realidad se trataba de recobrar el nexo entre el ego mente y el espíritu. Es curioso como suceden las cosas (o las causas) pero, el mismo día que sentí esa imperiosa necesidad de llevar a cabo algún tipo de ejercicio que me limpiase la mente y reactivase la Visión Interior llegó, vía correo electrónico, un enlace que me remitió un amigo. “Miraté esto, parece interesante”. El enlace hablaba de una práctica ancestral llamada de muchos modos aunque en el artículo la denominaban con una de esas terminologías anglosajonas tan de moda en estos tiempos de cursillos espirituales de fín de semana: Sungazing (mirando al Sol). No le hubiera hecho demasiado caso de no ser por la sincronicidad que se había producido entre el anhelo que me embargaba y el hecho de que aquella práctica prometía devolver la claridad a la mente, sanar y fortalecer el cuerpo tanto físico como vital y finalmente devolverte la Visión Interna. Como tenía que recobrar la fe perdida vi en aquello una señal del espíritu y decidí comenzar la práctica al día siguiente.

La práctica en cuestión es muy simple. No hay que hacer nada especial, ni aprenderse pasos rituales ni practicar algún tipo de meditación concreta o recitar una oración a ningún exótico dios Solar. Eso me gustó pues sé que las verdaderas prácticas de acercamiento al espíritu tienen más que ver con la actitud interna que con el ritual en sí. No voy a explicar aquí la práctica aunque si  haré como mi amigo y os dejaré el enlace al final de este artículo por si a alguién los designios del espíritu lo han traído hacia aquí por el mismo motivo que me sucedió a mí.

Llevo tres meses practicando este ejercicio de Meditación Solar y puedo atestiguar mejoras tanto físicas y mentales que me están impulsando a proseguir hasta el final. Lo más importante es que he vuelto a ensoñar y mi capacidad de abstracción en pensamientos de cosmogénesis empieza a manifestarse. Físicamente he perdido unos kilos lo que me alegra ya que últimamente me estaba redondeando con excesiva rapidez. Lo de la perdida de peso ha animado a mi compañera del alma a llevar a cabo la práctica también. Me siento fuerte, sano y he dejado de perder el tiempo en algunas tareas que no llevaban a derrotero alguno. Otra sensación mental es el evidente desinterés que tengo por cuestiones que antes me preocupaban así como una creciente confianza en mí mismo.

Estoy a un tercio del camino de esta práctica (dura unos nueve meses) y he descubierto que ya lo hacia antes, hace muchos años, cuando apenas tenía siete u ocho años. Ha sido un recuerdo olvidado que me ha vuelto gracias a esta práctica. También he podido ver como antaño, cientas de personas de las aldeas y pueblos se reunían en grandes prados y miraban como salía el Sol, y lo hacían por un buen rato. Después, en silencio cada uno de ellos se dirigía al lugar de su trabajo y comenzaban la jornada de este modo tan saludable. Y cuando se metía el Sol también lo contemplaban.

Cuando pasen tres meses volveré a hablar de esta práctica y de todo lo que he vivenciado hasta entonces. Si alguno ya la practica nos gustaría que compartiera con nosotros sus experiencias.

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Sungazing