Conversaciones entre Ouspensky y Gurdjieff

Ha quedado grabada en mi memoria otra conversación. Le preguntaba a G. lo que debería hacer un hombre para asimilar su enseñanza.
—¿Lo que debe hacer? exclamó como si esta pregunta lo sorprendiera. Es incapaz de hacer nada. Ante todo, él debe comprender ciertas cosas. Tiene miles de ideas falsas y de concepciones falsas, sobre todo acerca de si mismo, y si algún día quiere adquirir algo nuevo, debe comenzar por liberarse por lo menos de algunas de ellas. De otra manera lo nuevo sería construido sobre una base falsa y el resultado sería aun peor.
—¿Cómo puede un hombre liberarse de las ideas faltas? pregunté.
Dependemos de las formas de nuestra percepción. Las ideas falsas se producen debido a las formas de nuestra percepción.”

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Somos… por siempre

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No existía algo, ni existía nada;
El resplandeciente cielo no existía;
Ni la inmensa bóveda celeste se extendía en lo alto.
¿Qué cubría todo? ¿Qué lo cobijaba? ¿Qué lo ocultaba?
¿Era el abismo insondable de las aguas?
No existía la muerte; pero nada había inmortal.
No existían límites entre el día y la noche
Sólo el Uno respiraba inanimado y por Sí,
Pues ningún otro que Él jamás ha habido.
Reinaban las tinieblas, y todo el principio estaba velado
En obscuridad profunda; un océano sin luz;
El germen hasta entonces oculto en la envoltura
Hace brotar una naturaleza del férvido calor.

¿Quién conoce el secreto? ¿Quién lo ha revelado?
¿De dónde, de dónde ha surgido esta multiforme creación?
Los Dioses mismos vinieron más tarde a la existencia.
¿Quién sabe de dónde vino esta gran creación?
Aquello de donde toda esta creación inmensa ha procedido,
Bien que su voluntad haya creado, bien fuera muda,
El más Elevado Vidente, en los más altos cielos,
Lo conoce, o quizás tampoco, ni aun Él lo sepa.
Contemplando la eternidad …
Antes que fuesen echados los cimientos de la tierra,

Tú eras. Y cuando la llama subterránea
Rompa su prisión y devore la forma,
Todavía serás Tú, como eras antes,
Sin sufrir cambio alguno cuando el tiempo no exista.
¡Oh, mente infinita, divina Eternidad!

Rig Veda

Mantenerse en el “Yo Soy”

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Interlocutor: ¿Está usted alguna vez alegre o triste? ¿Conoce usted la felicidad y el sufrimiento?

Maharaj: Llámelos como usted quiera. Para mí son solo estados de la mente, y yo no soy la mente.

Int: ¿Es el amor un estado de la mente?

Mah: Nuevamente, depende de lo que entienda por amor. El deseo es, por supuesto, un estado de la mente. Pero la realización de la unidad está más allá de la mente. Para mí, nada existe por sí mismo. Todo es el Sí mismo, todo es mí propio ser. Con toda certeza, verme a mí mismo en todos, y a todos en mí mismo es amor.

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El Secreto

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Ya hace mucho que se me había ocurrido la idea de escribir este libro. En una hermosa tarde de verano expuse mi proyecto a un erudito tibetano que llevaba una vida contemplativa en una casita fijada al flanco rocoso de una montaña. Apenas si me alentó.

“Trabajo perdido, decía, la masa de los lectores y oyentes es idéntica en el mundo entero. No me cabe la menor duda que las gentes de su país se parecen a las que encontré en China y en la India, y aquellos no difieren en nada de los tibetanos.


Hábleles de verdades profundas, bostezan y si se atreven, la dejan sola, pero basta referirles absurdas fábulas, son puro ojos y oídos.


Quieren que las doctrinas religiosas, filosóficas y sociales que se les predican sean agradables, que concuerden con sus conceptos, que satisfagan sus inclinaciones, en suma, desean reencontrarse en ellas y sentirse aprobadas por ellas.”

El maestro no me enseñaba nada nuevo sobre ese particular. Centenares de veces había oído en Occidente a hombres y mujeres que expresaban el deseo de hallar una religión que los satisfaciera, o los había visto rechazar una doctrina con estas palabras: “no me satisface”


ALEXANDRA DAVID-NEEL

Las Enseñanzas Secretas de los Buddhistas Tibetanos.

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